Asegura tus herramientas

Fotografía Asegura tus herramientas

Quería escribir este post sobre seguros porque a mí me ha servido mucho y espero que a vosotros también.

Todos estamos acostumbrados a tener seguros. Las pólizas son un elemento muy común presente en nuestras vidas. Poco importa el valor de lo asegurado o las cuantías a pagar por tener nuestras pertenencias en salvaguarda; más altos o más bajos, se trata de unos gastos fijos que asumimos en nuestras cuentas bancarias en beneficio de nuestros seres queridos y de nosotros mismos.

Contratar la seguridad de nuestras viviendas, nuestros coches o nuestras vidas es algo que ni se cuestiona. El temido imperativo domiciliado que llega una vez al año en forma de recibo de adeudo.

Los más comunes han sido siempre los más cercanos a nosotros: salud, vehículos, viajes, etc. Todos aquellos que, aunque nos fastidie mucho tener que rascarnos el bolsillo, nos permiten, al final, llevar un ritmo de vida más tranquilo. De alguna forma, los seguros también sirven para asegurar nuestro sueño.

«Si pasa algo, que lo pague el seguro, que para eso está» es una de nuestras frases favoritas. Una constante asumible con la que convivimos, igual que aquel vecino molesto que de vez en cuando pone la radio demasiado alta. A fin de cuentas, somos animales de costumbres.

Pero, además, esta obligatoriedad de asegurarnos aparece ya impuesta incluso por ley. En efecto, la Ley 5/2019 que regula los créditos inmobiliarios (las temidas hipotecas) establece que los bancos pueden exigirnos la contratación de algún tipo de seguro de vivienda como condición ineludible para recibir el préstamo. ¡Chúpate esa! De aquí no se salva nadie. A pagar tu seguro, toca. Un gasto fijo, como la luz o el gas. Algo que nos acompañará a lo largo de nuestras vidas, nos guste o no. Eso son los seguros.

Y luego está la letra pequeña de la póliza. Esa que no solemos leer y que luego suele ocasionarnos algún que otro disgusto. Bienes que los contratos excluyen, periodos de vigencia, porcentajes de devolución, daños que no se pagan… Todas las pólizas tienen su límites bien definidos y no siempre somos conscientes de ellos. Si tenemos un accidente (llámese vitrocerámica rota por un golpe, por ejemplo) y llamamos para dar el parte es cuando aparecen las pegas por parte de la aseguradora. Que si no entra, que si no te repongo el electrodoméstico porque ha sido una mala manipulación, que solo cubre el 50% de su valor, etc. Ahí viene el tira y afloja hasta conseguir rascar algo.

Ahora bien, ¿qué pasa con nuestras herramientas de trabajo? ¿Las debemos asegurar también? Algunas grandes superficies ofrecen seguros para ordenadores portátiles como un complemento junto a la adquisición de un antivirus. Pantallas y otros periféricos empiezan a ser dignos de su propia póliza. Pero pocos son los usuarios que se deciden por esta opción. La bajada de los precios y la evolución vertiginosa de estas máquinas han conseguido que el consumidor acepte la obsolescencia de los equipos informáticos como algo inevitable. Pequeños golpes, abolladuras o pantallas con el cristal roto en alguna esquina son taras asumibles en nuestros teléfonos móviles.

No obstante, en una era como la que nos ha tocado vivir y en la que se puede hacer cualquier gestión o pagos desde una app, bien vale la pena asegurar nuestras herramientas más cercanas: el móvil y el ordenador.

Así que ya sabes: ¡asegura tus herramientas de trabajo!